lunes, 5 de julio de 2010

Los 300 espartanos

Primeramente, quisiera denotar que este post lo hice por encargo de un amigo, como ven no es precisamente sobre historia de Roma, nos estamos remitiendo al año 480 AC o el 273 AVC (desde la fundación de la ciudad, era la forma en que los romanos median el tiempo), tenemos que en esos tiempos Roma estaba en plena de transición de un régimen monárquico a una república, todavía ni siquiera era la dueña de Italia y su forma de pelear estaba también en proceso de transición de la tradicional falange griega a la legión más propiamente romana, pero a estas alturas ya se podía hablar de la ciudad del Tíber como una potencia a nivel regional, dejando a Roma a un lado pasamos al tema que nos ocupa.

Para entender al ejército espartano y la batalla de las Termópilas, que fue donde donde lucharon y murieron los trescientos espartanos, tenemos que entender la constitución de Esparta y a su promulgador, Licurgo, de este personaje no se sabe mucho de su vida, ni siquiera se sabe si existió en realidad y de haber existido no se sabe el año de su nacimiento ni de su muerte, los escolares lo fechan de entre el 900 AC al 600 AC, pero como decíamos, no tenemos una fecha exacta; se dice que Licurgo ideó la constitución espartana a partir de una consulta al oráculo de Delfos, otros dicen que se basó en el modelo de Creta, aunque lo más importante de esto es el contexto de su ciudad, que para ese entonces se desenvolvía como cualquier otra polis de la Helade, inclusive cuando llegó con sus nuevas leyes la gente las rechazo en un primer momento por ser muy severas, al final logró convencer a su pueblo de adoptar estas leyes mientras el estuviera fuera de la ciudad, cosa que aceptaron, en este punto la historia se funde con el mito al decir que Licurgo se fue para Delfos, se encerró en el templo y se dejo morir de hambre para nunca más volver.

Lo interesante de esta primera constitución espartana es que se hizo a la inversa de lo que los constitucionalistas modernos dicen que debe ser una constitución (un ideario jurídico-político que debe acomodarse a la naturaleza de un pueblo, sus aspiraciones, capacidades y circunstancias), en este caso vemos que Licurgo instauró sus leyes para moldear a su pueblo, no moldeó las leyes con base a su pueblo, por esto se le considera uno de los primeros totalitarios de la historia; estas leyes convirtieron a Esparta en el primer estado comunista, todas las voluntades individuales se plegaban al cumplimiento de las leyes y al bien de la polis, las personas existían en función de luchar por su ciudad y engendrar guerreros para su ciudad, dice Indro Montanelli en su libro “Historia de los griegos” que Esparta no tenía ejército, era su propio ejército; el entrenamiento militar empezaba a los siete años y terminaba a los treinta, eso claro si eran considerados viables en el momento de su nacimiento y si sobrevivían a algunas pruebas físicas en sus primeros años, además de entrenamiento militar se les enseñaba a leer, escribir y cantar, esto último solo en coro, une vez terminado el entrenamiento los nuevos soldados podían escoger esposa, el celibato estaba prohibido, incluso el adulterio estaba permitido si el adultero lo cometía con un hombre o mujer, según fuera el caso, más apto para procrear, hasta este punto podemos decir que Esparta era una fábrica de máquinas de matar sin más propósito que protegerse a si misma. Ahora pasemos a la batalla de las Termópilas.

La batalla de las Termópilas fue una de las acciones de las polis griegas en la defensa de su territorio durante su segunda guerra con los persas en el 480 AC, la primera guerra se peleó diez años antes terminando con una aplastante victoria de los atenienses sobre los persas en Maratón, en esta segunda guerra las condiciones eran más propicias para los persas, puesto que los griegos se encontraban en un periodo de gracia donde no podían hacer la guerra, por lo que el senado espartano prohibió a los reyes de Esparta mover al ejército que hubiera podido constar en un total de treinta mil hombres, por lo que Leónidas, salió al encuentro de los persas solo con su guardia personal compuesta de trescientos hombres, llevando consigo también a varios soldados de otros pueblos para reunir al momento del encuentro al rededor de siete mil hombres, que eventualmente durante la batalla se retiraron cuatro mil, quedando tres mil para el tercer día, ahora tenemos que los persas eran, según Heródoto, dos millones de hombres, pero según cifras más recientes se dice que el número ascendía aproximadamente a doscientos mil. La siguiente pregunta que nos hacemos, que es una escala obligada en el estudio de las guerras heleno-pérsicas es ¿cómo aguantaron tres días completos los griegos contra un enemigo que los superaba en una proporción enorme?

La respuesta es, el terreno, las Termópilas en Grecia o puertas de fuego como dicta la traducción, es un estrecho paso  que permitió a los griegos evitar que los persas los superaran por los flancos, porque a ambos lados de ambos ejércitos había riscos bastante altos, lo que obligó a los persas a formar líneas de la misma extensión que la de los griegos, lo que anuló totalmente la ventaja numérica de los persas, la batalla pudo haber continuado por mucho más de tres días, de no ser porque fueron traicionados y viéndose rodeados y sin escapatoria, fueron aniquilados, al final las bajas de los persas ascendían a veinte mil hombres, este hecho no amedrentó a Jerjes (emperador persa) en su esfuerzo por conquistar toda Grecia, todavía tendrían que derrotar al ejército persa al mando de Mardonio en Platea y a la flota persa en Salamina para expulsar a los persas de Grecia definitivamente.

Después de esta guerra no hubo ningún otro intento persa por conquistar Grecia, ni siquiera en momentos de debilidad y desunión, la próxima vez que una potencia oriental se aventuró a Europa fue el imperio otomano a finales de la edad media, pero gradualmente fue retrocediendo hasta solo quedarse con unas pocas tierras donde hoy se encuentra Estambul.

jueves, 1 de julio de 2010

Recomendación – Alejandro Magno y las águilas de Roma de Javier Negrete


Antes de comenzar esta entrada quisiera introducir esta nueva sección donde se hablará principalmente de libros sobre Roma y la antigüedad, aunque también se recomendarán algunas series de televisión, películas y excepcionalmente música sobre Roma, no daré muchos detalles para que al que le interese descubra todo lo que hay tras de estas obras.
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alejandro magno y las águilas de roma.preview
En esta primera entrega de esta sección hablaremos de una novela de ficción histórica, como ya decíamos en el título de la entrada esta obra se titula Alejandro Magno y las águilas de Roma, el autor es Javier Negrete, autor ya de otros libros sobre la Grecia antigua, ya sean de historia (La gran aventura de los griegos), o novelas históricas (Salamina), también escribe novelas de ficción (La espada de fuego, Señores del Olimpo), es un autor que recomiendo mucho, puesto que está muy bien informado además de que sabe atrapar al lector por el desarrollo de la trama y además de no ser muy pesado en lo que escribe.

El libro parte del hecho ficticio de que la muerte de Alejandro en Babilonia es evitada por un médico enviado por el oráculo de Delfos, una vez salvado y terminada su campaña por Arabia, de la que no da muchos detalles, dirige sus ojos hacia el oeste, donde las ciudades de la Magna Grecia (sur de Italia) le piden ayuda para enfrentar a una ciudad que había estado expandiendo su poder en la zona y temían terminar bajo su dominio, esta ciudad es Roma.

Al acudir Alejandro al oeste, antes de que comenzara su campaña sufre un revés por la pérdida de un prototipo de un barco de guerra en el que viajaban el medico que le salvara la vida, su cuarta esposa (en realidad solo tuvo dos esposas, Roxana y Estatira) y un regimiento de veteranos que se enfrento a una cohorte romana, esta última, aplastó sin problemas a los pezhetairoi de Alejandro (máximo rango que podían alcanzar los soldados de infantería en el ejército macedonio, quiere decir compañero de a pie), después de este éxito, ambos bandos se preparan para la batalla, los romanos por un lado confiados por la escaramuza que consideraron un buen augurio de la guerra con el argéada, mientras que los griegos buscaban el poder en la corte de Alejandro por el debilitamiento de este, al final el encuentro termina en un choque fatal para los romanos, siendo contundentemente derrotados por una magnifica estrategia de Alejandro que le permitió rodear a un ejercito de casi el doble de grande que el suyo.

Al final del libro Alejandro y sus generales entran al sótano del templo de Júpiter donde se encontraban los libros sibilinos y a manera de profecía el autor explica el porque Alejandro en las condiciones en que terminó su campaña de Asia jamás hubiera podido derrotar a las legiones de Roma.

miércoles, 23 de junio de 2010

Capítulo IV - Un paseo nocturno

Tres horas después de los eventos del capítulo anterior
                 
La luna se encontraba en su zenit mientras el campamento oriental empezaba a dormir con un aspecto muy sombrío, solo se escuchaban los ruidos de la naturaleza y gracias a la oscuridad no se veía a más de diez pasos, por esta razón los centinelas y las patrullas orientales preferían quedarse a la vista de su campamento, sin advertir lo que se encontraba a quince pasos de ellos, que era la ubicación de las tropas romanas, aunque no todos se sentían optimistas sobre atacar de ese modo.
- No me gusta esto de atacar mientras nadie nos ve y pelear como bárbaros, ¿Dónde dejas el honor y la gloria que podríamos ganar enfrentándolos en campo abierto? - dijo Valeria a su primo mientras se preparaban para atacar.
- El honor y la gloria se quedaron con Julio Cesar o Escipión, a nosotros nos queda guardar su memoria para tiempos mejores, además que no estamos en una buena posición para eso, por lo pronto sobreviviremos, luego buscamos más hombres y haremos como dijera Marco Antonio - dicho esto hizo dio una orden a sus tropas y pequeñas luces empezaron a encenderse a lo largo de todo el perímetro que cubría el cerco romano.

El fulgor de estas pequeñas flamas alertó a los centinelas orientales, pero era demasiado tarde, mientras veían volar las flechas incendiarias hacia su campamento se acercaron lo suficiente a ellos para cortarles el cuello sin que hicieran ruido, entonces.
- Parece que estos bárbaros tiene el sueño pesado – dijo Mario Ventidio a Silvano que era el hombre que tenía más próximo – se supone que ya debieron de haber salido corriendo.
- Guarde silencio decurión, ya lo habíamos notado – contestó Silvano a su interlocutor – además…

En ese momento fue interrumpido por un resplandor enorme que venía del campamento occidental, de este venían sonidos de batalla, puesto que la infantería seguía ahí dentro, desde su posición podían ver como más hombres se acercaban al campamento, fue cuando Tiberio se dirigió a Marco.
- Dando a los que se encuentran dentro del campamento por muertos ¿con cuántos hombres contamos?
- Doscientos, comandante, que somos los que estamos aquí… - Mesala fue abruptamente interrumpido por Cneo.
- Tenemos que volver, no podemos dejarlos ahí a morir, es nuestro deber.
- Nuestro deber tribuno, es llegar a donde Nepote, así que andando, la matanza nos dará el tiempo suficiente para alejarnos lo suficiente sin que nos note nadie – dijo Tiberio mientras los restos de XIX Dalmatica se ponían en marcha hacia el norte a la villa de Nepote.

El fin del imperio

Antes de continuar con la historia en curso, interrumpida ya hace unos meses, me gustaría dar una breve explicación de los últimos años del imperio, que toda la vida hemos escuchado que terminó en 476.

Para empezar, la fecha de 476 marcada como la caída de Roma y el comienzo de la edad media no fue designada en su momento como tal, es una fecha meramente convencional a la que los escolares le dieron este tratamiento por el hecho de que en ese año Odoacro, un comandante hérulo de tropas de caballería federada (las tropas federadas en la composición militar del tardío imperio eran tropas reclutadas directamente en tribus bárbaras del exterior para fungir como auxiliares) al servicio de Flavio Orestes, destronó al emperador y entregó las insignias imperiales al emperador de oriente con una carta diciendo que el, Odoacro, gobernaría como Rex italicus (rey de Italia) en nombre del emperador, puesto que no ya no hacían falta dos emperadores.

Recordemos que el imperio occidental ya había sido invadido por varios grupos de barbaros, inclusive gobernaban independientemente de la autoridad imperial en los lugares que ocupaban, tenemos que los visigodos se hicieron primero con Aquitania y la Septimania (suroeste de Francia) para después hacerse con toda la península ibérica, el norte de África fue ocupado por los vándalos, la Galia por los francos, Britania por anglos, sajones y jutos, finalmente Italia fue eventualmente ocupada por ostrogodos, alamanes, vándalos y lombardos; ahora, hay un detalle, ellos sentían como si fueran parte del imperio con el deber de proteger la parte que habitaran, tomemos en cuenta que el título de emperador viene de la palabra imperium que significa poder militar, entonces el emperador o imperator sería algo como el que ostenta el poder militar, que cuando se creó el puesto era precisamente para esto, que una sola persona tuviera el mando sobre todo el ejército para evitar guerras civiles, ahora el hecho de que en la jerarquía medieval el sacro emperador romano estuviera (al menos en los papeles) por encima de todos los reyes de la Europa cristiana viene precisamente de esto, el emperador romano estaba sobre todos los reyes bárbaros (de nuevo, solo en el papel); entonces lo que Odoacro quiso decir fue que el se encargaba de proteger Italia, que el le respondería directamente al emperador en Constantinopla, claro que a partir de ahí hubo un rompimiento entre la Europa occidental y el imperio de oriente.

Ahora, tampoco es que la gente cayera en un estado de pánico general con esta noticia, como sugiere Cesar Vidal en su obra Artorius, la noticia seguramente fue acogida como otra de las correrías políticas de los señores de la guerra, la verdad es que en ese tiempo nadie no todo mundo sabía quien era el emperador, además de que no por esto la gente cambió su estilo de vida, el Senado en Roma siguió sesionando en la Curia Iulia por casi cien años más, claro que en ese tiempo solo era un club social como lo fue durante los últimos casi quinientos años, inclusive el ejército siguió funcionando del mismo modo hasta que los ostrogodos invadieron Italia, la vida del mundo siguió en el mismo sentido por varios años más, el primer cambio radical fue la toma de las provincias de Egipto y Medio Oriente por parte de los árabes, esto porque los obispos de Antioquia, Alejandría y Jerusalén tenían la misma importancia que sus iguales en Roma y Constantinopla, pero al estar sus ciudades comprendidas en el imperio oriental, era la manera en que todavía podían imponerse los orientales a los occidentales, por medio de la religión, por tener más obispos importantes que occidente, hasta que quedaron en igualdad de circunstancias, la separación de ambos mundos se acentuó más con esto.

El porque de esta fecha convencional serían todos los cambios que había sufrido el imperio romano original en todos los ámbitos, el paso de legiones a comites, la adopción del cristianismo, el crecimiento de la administración civil, la inclusión de protocolos orientales en la corte imperial, et cetera; al final el imperio de Rómulo Augusto se parecía poco al de Vespasiano o Trajano, simplemente lo que hizo Odoacro sería como la gota que derramo el vaso, terminar con una autoridad imperial más representativa y devaluada que no tenía ya poder para influir en el mundo occidental, en pocas palabras de este modo se dio la caída de uno de los más grandes imperios jamás vistos.
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Nota: esta clase de interludios aparecerán entre algunos capítulos de este relato para ilustrar al lector sobre la historia del imperio romano y sobre el contexto histórico en que se desarrolla esta historia, no serán de aparición periódica, habrá más cuando lo crea conveniente, se me terminen las ideas o tenga mucho sin escribir aquí, como es el caso en el que escribo estas líneas ahora, pronto continuaremos con el capítulo IV.

miércoles, 20 de enero de 2010

Capítulo III - Visitantes de Oriente

Campamento de la XIX Dalmatica - 13 de septiembre del 476 AD - 1229 AVC

El campamento comenzaba a despertar mientras el comandante y los mensajeros seguían al proximus lictor a la puerta sur, mientras tanto el general le daba un adelanto de lo que vendría a Silvano.
- ¡Más vale que esto sea lo suficientemente importante como para importunarme de ese modo, sabes que te podría mandar azotar por eso que has hecho!
- Le aseguro imperator que bien valía mi intromisión.

Terminada esta frase subieron al muro de madera del campamento para contemplar aquello que era lo suficientemente importante para interrumpir aquella reunión, al ir subiendo notaron la admiración de los hombres de guardia en aquella puerta, ya arriba contemplaron el paisaje y justo en la línea del horizonte estandartes militares con insignias del Imperio Romano de Oriente, mientras se acercaban notaron que las fuerzas que tenían delante suyo eran caballería ligera de los pueblos hunos al norte del Danubio e infantería seguramente levada de pueblos eslavos, finalmente el decurión Mario Ventidio Papo rompió el silencio.
- Hombres, contemplad la grandeza de Roma, quien antes fue nuestro enemigo más temido ahora se mata por nosotros.
- En primera decurión, el enemigo más temido de Roma fue, es y será Aníbal, - le respondió Tiberio en tono de mando - segundo, esos de ahí enfrente no somos nosotros, son griegos afeminados con una jauría de perros hambrientos, que debemos ver que se les ofrece y tercero, ¿Por qué no fui informado de que venían para acá esta chusma?
- No volvió el último escuadrón de exploradores imperator - intervino el tribuno Marco Mesala Graco - ¿Cuáles son sus ordenes?
- Reúne y prepara a los hombres en lo que voy por mi armadura y hablo con los transeúntes, quizá solo vienen a preguntar dónde queda Constantinopla - dijo al tribuno y luego se dirigió a Valeria y a Cneo - ustedes síganme, necesitamos conseguirles armas y armaduras propias de esto, Cneo dices que servías a Flavio Orestes, supongo que eras soldado ¿supongo bien?
- Si señor.
- Entonces bienvenidos a la XIX Dalmatica, me hacen falta oficiales y ustedes dan el ancho.

Acto seguido se dirigieron a la armería donde Tiberio les indico que tomaran lo que consideraran oportuno, después de esto se dirigió al pretorio por su armadura, esta era de hierro forrado con piel de jabalí teñida de negro, con los bordes de plata, las grebas tenían grabados griegos sobre el forro, el hecho de que la armadura llevara grebas provocaba que algunos generales romanizados la consideraran un tanto anticuada, por ser más útil que cómoda, la coraza contenía las insignias de la legión, resaltando la loba que amamantara a Rómulo y a Remo y un águila posada sobre la leyenda S P Q R, el faldón unido a la coraza le llegaba hasta las rodillas, justo donde comenzaban las grebas, las muñequeras tenían marcadas un XIX, el número de su legión, después de esto se puso una capa negra al estilo de las antiguas capas de oficial de la época del alto imperio, finalmente se caló el yelmo con el típico penacho de oficial, la particularidad de este es que también era negro, después de ponerse su armadura se dirigió a la armería donde se encontraban Valeria y Cneo, allí lo esperaban listos ya, habían tomado cada uno dos gladius, arco y flechas, además Cneo tomó una gran pica que más bien parecía un alfanje sarraceno con un mango de dos metros; el caballo de Tiberio esperaba ya ensillado y listo para salir, era una gran yegua negra que media casi dos metros en la cruz, llamada Perséfone, antes de montar Tiberio fue por sus armas que era dos espadas de caballería romana, una en la cintura y otra cruzada en la espalda, un hacha de dos manos de mango curvo que iba en una funda especial en el costado derecho de su caballo, tras la montura llevaba unas alforjas donde tenía un arco y flechas del lado izquierdo y un escudo redondo de hierro que hacia juego con su armadura, finalmente una lanza de una sola pieza de hierro de dos metros y medio, tras colocar todas sus armas en su sitio montó sobre Perséfone y se dirigió a la puerta sur donde lo esperaban sus lictores y sus oficiales superiores, finalmente se dirigió al centurión primi ordis.
- Si las cosas se ponen feas ya sabes qué hacer.
- Si imperator, vender caro el pellejo.
- Bien dicho.

Entonces salieron al encuentro de sus homólogos orientales a unos quinientos pasos del campamento, que era la distancia media entre los ejércitos oriental y occidental, no sabían que esperar gracias al cambio de poderes en oriente, cosa que tenía preocupados a Tiberio y a su gente, finalmente llegaron a donde se encontraban los comandantes del ejército oriental y Tiberio se dirigió a ellos en un griego muy pulcro, pero en un tono que sonaba muy ensayado.
- Bienvenidos a la pars occidentalis del Imperio Romano, para su mala suerte están pasando por el casi único paso fronterizo todavía controlado por tropas romanas en todos los limes del imperio, todas sus armas, un 15% de su carga como impuesto para las arcas imperiales y otro 5% de la misma como limosna para los pobres de iglesia les será confiscado, les pedimos que atraviesen el puesto lo más ordenadamente posible, recuerden que estamos aquí para garantizar su seguridad, cualquier inconveniente diríjase a la prefectura más cercana a su destino, están en el foro de cada urbe - cambiando a un tono más seco dijo - ¿qué es lo que quieren aquí?, supongo que no vienen de viaje de placer.*
- Venimos en nombre de su majestad imperial Basilisco a tomar el mando de este puesto fronterizo y de su guarnición, ya que el único emperador de los romanos es ahora el basileus en Constantinopla, así que si es tan amable permítanos pasar y cumplir con nuestro cometido.
- Temo que no será posible strategos, estas fuerzas solo responden al senado a falta de emperador en Rávena, no al emperador de la pars orientalis, así que le pido regrese por donde vino y no vuelva mientras yo esté aquí, porque usted y yo sabemos que solo quieren recolectar los impuestos de esta zona, cosa que no les corresponde.
- ¡¿Cómo se atreve a hablar de ese modo?!, eso que usted hace es alta traición contra el emperador, si no rinde la guarnición no nos queda más remedio que resolver esto por las armas y puede darse cuenta los aventajamos en proporción de tres hombres a uno, así que sea sensato, podemos salvar muchas vidas…
- Nunca he matado un huno - interrumpió Tiberio al general - porque esperar ahora que puedo, como ya dije si usted no se va con su turba no me queda más opción que oponer resistencia y como se que usted no se va a ir yo iré a mi campamento a esperar su ataque - dicho esto se dio la media vuelta y comenzó la marcha a su fortificación, pero debido a la interrupción y al hecho de que le dieran la espalda, el comandante de Oriente se sintió profundamente ofendido por lo que avanzó hacia Tiberio mientras desenfundaba su arma.
- Como se atreve a tratar así a un funcionario imperial… - esta vez fue interrumpido de nuevo pero por la lanza de Tiberio que le apuntaba al cuello.
- Mucho cuidado general, podrá tener un rango más alto que el mío en la escala imperial, pero aquí, en estas tierras olvidadas no hay ley, emperador o dios que pueda garantizar su seguridad, así que le recomiendo que si piensa lucir su arma sea para usarla y no para hacer amenazas estériles, por lo que le hago una segunda sugerencia, aprenda a usar eso que trae en la mano, con su permiso, general - dicho esto marchó al campamento junto con sus acompañantes.

Al entrar por la puerta empezó a dar instrucciones de cómo procederían ante lo que se avecinaba.
- Preparen esas catapultas, arqueros a los muros, infantería lista para repeler cualquier ataque en los muros y en las puertas, caballería lista para una contraofensiva, ¡señores nos están atacando! - dicho esto Valeria se dirigió a él.
- ¿No crees que fuiste muy duro hacia el general?, pudimos haber negociado.
- Tú crees que estaba dispuesto a negociar, además debía ridiculizarlo ante sus tropas, los barbaros pierden la confianza ante un líder débil, aunque ni siquiera el matarlo nos garantice que huyan, pero si lucharán con menos decisión.


Mientras tanto en el alto mando de oriente se preparaban para el ataque.
- Prepara a la infantería para atacar los muros y que la caballería este lista por si intentan salir - dijo el general a sus lugartenientes.
- Así se hará strategos - dicho esto partieron a sus respectivos designios.


La atmosfera se sentía muy pesada a medida que la infantería eslava del imperio oriental se acercaba, los hombres se encontraban nerviosos por la vorágine que se avecinaba, fue cuando escucharon las ordenes de su joven comandante que había subido junto con Valeria y Cneo a las murallas con arcos y flechas los tres.
- Apenas tenga al enemigo a tiro no dejen de disparar y una vez que asalten los muros que la infantería suplante a los arqueros, ¡Roma victor! - y a este último grito se le unieron todos sus hombres, justo después los enemigos entraron en el terreno que estaba al alcance de las flechas romanas.

Con cada andanada caían decenas de eslavos, sin embargo seguían avanzando contra los muros del campamento, cuando estuvieron a poca distancia Tiberio dio la orden para que los arqueros retrocedieran a una distancia en la que pudieran disparar al enemigo sin tener que enfrentarse en los muros a la infantería enemiga, a su vez ordenó a sus hombres que subieran a la muralla para el combate cuerpo a cuerpo, finalmente dejo el arco y las flechas y sacó sus dos espadas de caballería, los hombres que estaban a su lado dejaron un espacio alrededor de su capitán para que pudiera luchar con total libertad de movimientos, entonces justo delante de él se posó una escalera por donde la infantería oriental comenzaba la escalada, apenas el primer hombre asomó la cabeza le fue cercenada por las espadas del comandante, de igual forma siguieron subiendo los eslavos hasta el punto en que Tiberio estaba rodeado por cinco, entonces mientras evadía un golpe dirigido a su cuello inclinando su torso hacia atrás, daba otro golpe que cercenaba la pierna de uno de sus contrincantes a la altura del muslo, la sangre empapaba el suelo donde combatían, fue entonces que Tiberio empezó a girar y a moverse de un lado a otro forzando a sus oponentes a hacer lo mismo, claro que estos no tenían el espacio ni el punto de apoyo y la sangre derramada hizo que se resbalaran quedando a merced de su adversario, que este no tardo en cercenarles el cuello, darles de estocadas en el corazón o cortarles alguna arteria principal, la batalla siguió de manera encarnizada en su sector, a veces buscaba con la mirada a su prima y Cneo, mientras su prima luchaba con movimientos agiles con ambos gladius, Cneo solo usaba uno y un escudo que había arrebatado a algún bárbaro, la batalla se prolongo hasta que empezó a anochecer que fue cuando el ejército oriental se retiró a montar su campamento, entonces Tiberio pregunto al tribuno sobre la situación.
- Cuantas bajas Marco.
- Se estima que perdimos alrededor de setecientos hombres, mientras que nuestro enemigo perdió alrededor de dos mil trescientos.
- Salieron bastante golpeados, tal vez pierdan más determinación si les damos un pequeño incentivo, prepara la caballería vamos a hostigarlos un poco.


* Los impuestos aquí mencionados son inventados.

viernes, 15 de enero de 2010

Capítulo II - Manada de lobos

Campamento de la XIX Dalmatica - 13 de septiembre del 476 AD - 1229 AVC

- ¿Comandante?, ¿se encuentra bien?
- Un momento… - dijo el comandante Tiberio, mientras se acercaba la copa de vino que tenía en una mesa cercana, simplemente apuró el líquido y se dirigió a la puerta, al abrirla pudo ver al proximus lictor, Silvano, parado frente a él, entonces preguntó - ¿es tan urgente el asunto de este hombre que no puede esperar a que amanezca?
- Me dijo que traía un mensaje urgente de Roma.
- Entonces hazlo pasar… lo noto inquieto soldado ¿qué ocurre?
- Durante esta noche han intentado huir ciento siete hombres, Imperator.
- ¿Y cuántos lo lograron?
- Cuarenta y tres, señor.
- Y con eso tenemos un gran total de cinco mil doscientos hombres dispuestos a morir por la paga, ya no hagas esperar más a este mensajero de Roma.
- Sí, señor - con estas palabras se retiró el proximus lictor pensando en las últimas palabras del general, fue ahí que le indico la entrada al mensajero y se retiró.

A pesar del clima frio del ambiente, en el interior de aquella cabaña se sentía una atmosfera más cálida gracias al fuego, el general sirvió un par de copas de vino rebajado con agua y le indico al mensajero que se sentara.
- Bienvenido al campamento de la XIX Dalmatica, tome asiento junto a aquella mesa, tenga esto le calentara los huesos.
- Agradezco su hospitalidad general, pero ¿Qué no hay algún sirviente que sirva las bebidas? - dijo el mensajero sin mostrar su rostro cubierto por una pañoleta que lo tapaba hasta el borde superior de los pómulos y una capucha sobre la cabeza.
- Como decía, bienvenido sea usted al ejército, creo que usted ya sabrá que la seguridad de Iliria no es una prioridad en la agenda imperial, por no decir la seguridad de todo el imperio, o lo que sea que quede de él.
- Hablar de ese modo es traición y tengo entendido que el eunuco Esteban tiene informantes por todos lados.
- Digamos que estos informantes desertaron, además, quien quiera que seas te comunico que el poder que puedan tener en Rávena esa manada de bestias asexuales termina en la ciudad del lago, aquí como en casi todo el mundo actual el poder está bastante pulverizado y ahora te ordeno que te descubras la cara porque quiero saber con quién hablo.

En ese momento el mensajero, o mejor dicho, la mensajera se descubrió el rostro mostrando unas facciones finamente delineadas, oportunidad que aprovechó para quitarse el broche que contenía su larga cabellera tan negra como la noche que moría, finalmente se dirigió a su interlocutor.
- Vaya que la vida silvestre te sienta mal querido primo.

El general en un remolino de emociones se quedo paralizado mientras contemplaba a su prima como quien contempla a una aparición del Averno, todavía sin salir de su perplejidad articuló torpemente unas palabras.
- Pe… pero que haces aquí Valeria, por Jupiter, ¿sabes lo peligroso que es venir aquí sola?, con todos esos bárbaros ahí fuera, sin mencionar a los hombres de la corte merodeando por toda Italia.
- Pero Tiberio que fácil olvidas que tu y yo recibimos el mismo entrenamiento militar en Roma.
- Ya entiendo porque decían que nuestro abuelo estaba loco.
- No te preocupes traigo un escolta, que espera haya afuera que es quien trae parte del mensaje.

Sin esperar más, Tiberio llamo a Silvano para que hiciera pasar al escolta de Valeria, un momento después atravesaba el umbral de la casa un hombre cubierto por una capa de cuero grueso encerado, que se descubrió el rostro dejando ver una horrible marca que le atravesaba el cuello, fue ahí que el comandante lo invitó a sentarse.
-Pasa, toma asiento, me dice mi prima que tienes parte del mensaje, ahora que están los dos aquí ¿podrían decirme de que se trata todo esto? - acto seguido el interpelado tomo asiento y Valeria comenzó su explicación.
- Las cosas en Italia han dado un giro bastante brusco, Orestes ha sido ejecutado por Odoacro, el emperador ha sido enviado a Neapolis a un lujoso destierro, las insignias imperiales en este momento deben de estar en Constantinopla, en principio fueron recibidas por Zenón, pero ahora quien gobierna haya es Basilisco, todavía no sabemos qué actitud tome para con nosotros, no te extrañe que en los próximos días llegue algún hombre enviado por Odoacro para hacerse con el mando de esta unidad.

El mensaje era bastante perturbador, todos hicieron silencio por unos momentos hasta que Tiberio reanudo la conversación.
- Entiendo, al parecer estamos solos, no queda más que ver si Basilisco está dispuesto a restituir a Nepote o a Rómulo, los dos le servirían de títeres, ahora, que me tienes tú, pero primero dime tu nombre y procedencia - dirigiéndose al escolta de su prima.
- Mi nombre es Cneo Servilio Pictor, nací en Roma, como toda mi familia, serví a Orestes hasta su muerte, que fue donde recibí esta herida en el cuello, mi mensaje es más simple, viene directo del Princeps Senatus Claudio Rugilio Venator, me pidió que le dijera que marche con sus fuerzas a donde se encuentra Nepote, tome los hombres que se encuentren ahí y vaya hacia Roma.
- ¿Y cómo espera que haga yo todo esto?, antes de que entraras le decía a mi prima que el camino de aquí a Roma no está del todo despejado, suponiendo que tome a los hombres de Nepote, la turba de Odoacro no me dejará pasar y si aun así lográramos pasar no creo que sean indiferentes a que hay tropas que no son suyas en Roma, lo que les daría un pretexto para acabar con las migajas de nuestra cultura, olvídenlo, no lo hare.
- Podríamos llegar por mar… - dijo Cneo sin poder terminar.
- ¿Y de dónde sacaras suficientes barcos?
- En Grecia tenemos contactos que podrán ayudarnos, es cosa de que vayamos hacia haya unos pocos, demos aviso a nuestra gente y traigan los barcos a la costa de Iliria, circunnaveguemos Italia, desembarquemos en Ostia y marchemos a Roma; los romanos todavía controlamos esas zonas - respondió Valeria en un tono más defensivo, luego continuó - Tiberio por favor, tenemos una oportunidad para salvar nuestro mundo y nuestra cultura.

Tiberio se quedó pensativo y se volvió a hacer silencio, finalmente habló.
- ¿Cuánto tiempo tengo para considerarlo?
- Una semana a lo sumo - respondió Cneo - pero sería mejor que… - aquí fue interrumpido por Silvano quien abrió la puerta de súbito a lo que los tres interlocutores respondieron desenvainando sus armas y asumiendo una posición más apta para combatir de forma instintiva, al ver que solo era el proximus lictor, Tiberio estaba a punto de darle la reprimenda de su vida, seguramente sería azotado por tremenda insolencia, pero Silvano fue más rápido y habló primero.
- Imperator, venga a ver esto.

miércoles, 13 de enero de 2010

Capítulo I - El fin del mundo

Afueras de Piacenza, Italia – dos semanas antes de los hechos narrados en el prólogo

- Casi lo logramos mi señor, un poco más y estaremos fuera del alcance de esos barbaros - dijo Cneo, uno de los hombres encargados de la seguridad de Flavio Orestes mientras caminaban bajo las sombras de las muralla de Piacenza camino a un bosquecillo cercano.

La huida se había prolongado ya por algunas horas mientras los hombres del otrora notarius de Atila el huno, el Azote de Dios, eran masacrados dentro de la ciudad, aunque no se podía decir si solo eran ejecuciones sumarias o estaban resistiendo todavía ya que desde que había empezado la batalla o mejor dicho el baño de sangre solo se escuchaban los gritos de dolor de los neófitos reclutas producto de las recientes levas para engrosar las filas del ejército imperial para resistir la oleada de barbaros que se venían encima de otros barbaros más romanizados y mal equipados, ya los romanos que quedaban eran ajenos a las convulsiones de aquel mundo moribundo controlado por gentes venidas de lugares tan lejanos como el báltico o las estepas de Asia central, en ese momento muchos eran los que no se daban cuenta o no querían darse cuenta de que solo luchaban por una fachada, como si de la existencia del mundo se tratara.

El magister millitum, Flavio Orestes iba con un aspecto sombrío después de ver como su mundo se caía a pedazos a manos de Odoacro, cubierto de la sangre de sus hombres veía al vacio, siguiendo a su guardia personal por pura inercia, un muerto en vida se podría decir, de súbito el hombre en la punta se detuvo y todos detrás de el, inclusive provocó que Orestes despertara de su trance para darse cuenta que se encontraban ya entrando al bosque.
- ¿Qué sucede Cneo?, ¿Por qué nos detenemos?
- Escuche un ruido, tal vez solo algún animal silvestre, será mejor que sigamos.
-Sea - respondió el comandante y siguieron por el bosque, bastante oscuro a esas horas, hasta llegar a un claro por la que se filtraba la luz de la luna, fue ahí donde el derrotado comandante decidió detenerse a descansar, todavía se podían ver en el horizonte los fuegos en los que ardía Piacenza cuando sobre Orestes y su guardia se precipitó una banda de persecución conformado por unos cien hombres comandada por el propio Odoacro.

La lucha comenzó entre ambos bandos aunque Orestes y sus hombres siendo superados cinco a uno ofrecieron una tenaz resistencia, incluso usando los caballos como cobertura ya que al ser tomados por sorpresa se encontraban desmontados, la lucha fue encarnizada, los gritos de los heridos y de los caballos al ser traspasados de lado a lado por la lanza de algún hérulo llenaron la atmosfera, todo era un trance de sangre, miembros cercenados, cadáveres y acero, uno a uno fueron cayendo los hombres de Orestes hasta que solo quedaron cuatro hombres en pie, entre ellos el propio Orestes y quedaron en pie solo porque Odoacro ordenó cesar la matanza para poder hablar con su antiguo comandante.
- Mi señor, que hace en la intemperie, es peligroso salir así en estos días que corren, podría ser asaltado por una banda de ladrones o algo similar - dijo Odoacro en tono sarcástico.
- Y me vienes a poner un ejemplo de lo que podría ocurrirme - respondió Orestes de forma desafiante.
- No mi señor, vengo a detener solo a un estafador, que nos prometió tierras en Italia para quien lo apoyara a él y a su hijo a subir al trono imperial… y creo que ya lo encontré.
- ¡Nunca acordamos nada de eso, bárbaro malnacido! - esto último hizo cambiar el semblante de Odoacro e incluso poner un poco nerviosos a sus hombres, puesto que conocían la reacción de su señor al ser llamado de ese modo.
- Al parecer no recuerdas como llegamos tú y yo a estas tierras ¿verdad?, mientras tu vivías en una cómoda tienda que te proporcionó Atila solo por escribir lo que te pedía, ¡yo arriesgaba el pellejo para mantener vivos a débiles como tú!, tu y yo amigo mío llegamos al mismo nivel por diferentes camino, mientras tú dependías del favor de Atila yo me abrí camino a sangre y fuego y henos aquí, tal vez lo bárbaro o lo civilizado viene solo del camino que tomes, al final el fuerte triunfa sobre el débil, pero recuerda que tu y yo no somos muy diferentes ambos somos germanos, de tribus diferentes tal vez, pero germanos, recuerda que tu naciste en el Danubio y no en el Tíber, a ojos de esa ciudad tu y yo seguimos siendo “bárbaros”, y nuestra era acaba de comenzar, lástima que tu decidieras estar en el bando contrario.

Y con esas palabras le segó la cabeza de un solo tajo y acto seguido sus hombres cortaron las gargantas de los otros tres guardias que quedaban vivos, llevándose consigo el cuerpo y la cabeza de Orestes para exhibirla a sus enemigos y así un 28 de agosto, tras 1229 años se cerraba el más glorioso capítulo de la historia de los hombres en una noche de muerte y destrucción.


Amanecía sobre el norte de Italia, era un bello día soleado que no dejaba de contrastar con los hechos de la noche anterior, y en aquel claro del bosque todavía se podían ver los cadáveres de los combatientes que lucharon la última batalla de una era, fue ahí cuando como si volviendo de entre los muertos Cneo Servilio Pictor abrió los ojos, tenía una herida superficial en el cuello, al parecer tuvo la suerte o la deshonra de ser apresado por un enemigo más inexperto que él, sabía que tenía que encontrar ayuda para salvar los pedazos de su cultura, al final seguía siendo un romano de las más antiguas familias, ya algo decaída patrimonialmente, siendo por eso que se alisto en el ejército de Orestes; viendo a su alrededor recogió su espada, tomo otra y dos caballos fue entonces que emprendió la marcha hacia Roma a contar lo sucedido y pedir consejo.

martes, 12 de enero de 2010

Prólogo

Iliria, frontera entre el Imperio Romano de Occidente e Imperio Romano de Oriente – 1229 AVC – 476 AD – 0 del principado de Rómulo Augusto

Amanecía en aquel tajo que dividió el mundo civilizado, ese tajo que hace tiempo hubiera cercenado a la más grande nación y el más grande ideal, o por lo menos así pensaban algunas mentes más tradicionalistas, pero desde la burda óptica de algún bárbaro con un mínimo de estudios veía que era la solución lógica para la supervivencia de un Estado que se venía cayendo a pedazos desde hace más de cien años, pero lo que esa gente no entendía es que los países se levantan y caen, de manera muy rápida como fuera en el caso del imperio de Alejándro o lentamente como Persia, más allá de esto el mundo no entendía que un ideal era inmune a toda guerra y maniobra política, porque en ese mundo donde todo se movía hacia una nueva configuración había todavía un puñado de personas que se resistían al cambio, personas que seguían pensando que Roma y no Rávena o Constantinopla era el centro del mundo, una prueba podía encontrarse en el borde de aquel abismo invisible dejado por la implacable espada del Emperador Teodosio, ahí en aquel frío amanecer de mediados de septiembre en el campamento de la XIX Dalmatica, 
puesto que conservaba algunas reminiscencias de las antiguas legiones, como le llamaban algunos hombres de aquella unidad, se encontraba frente al fuego que calentaba la casa que servía como cuartel del alto mando, el comandante, según algunos muy joven para dicho puesto, no tenía veinte años y ya tenía diez mil hombres a su mando… al menos eso decían los papeles, ya que las deserciones y las ejecuciones habían diezmado aquella unidad encargada de mantener el orden o la apariencia de orden, a ojos del comandante, en toda Iliria, claro que según algunos eunucos del palacio imperial en Rávena consideraban que el número de tropas era demasiado para una región tan "pacífica" como Iliria, decían que esas tropas podrían ser aprovechadas en la reconquista de las regiones rebeldes de la Galia, África y Britania; volviendo a la realidad, Iliria por la benevolencia de Iupiter Optimus Maximus seguía obedeciendo en apariencia al emperador, aunque la anarquía fuera el pan de cada día para los lugareños, bandas de barbaros germanos merodeaban por todos lados imponiendo su yugo a los habitantes, la XIX Dalmatica era lo único que podía detenerlos pero no podían hacerlo porque esas bandas de extranjeros eran las tropas federadas, claro que a veces es fácil ocultar los cadáveres y alegar deserción, pero no en todos los casos podía hacerse por la falta de hombres y de voluntad de los pocos que había.

Todo esto cruzaba por la mente de Tiberio Valerio Aureliano mientras amanecía para pasar de un cielo oscuro a uno gris plúmbeo, cuando un sonido en la puerta lo saco de sus meditaciones.
- Comandante, un mensajero lo busca.